En aquella época la Santa Iglesia se honraba en su Pastor Supremo, el Santo Padre Pío XII. Su figura portentosa representaba para todos nosotros la sumisión al orden divino y la armonía que reinaba en todos los conceptos y en todas las cosas. Ciertamente, muchas imperfecciones podían existir, pero la figura majestuosa del Pastor Angélico las opacaba y excedía ampliamente.
Con particular devoción recuerdo algunos actos magnos de su Pontificado, ocurridos en la ya citada década de 1950, a la cual mi memoria se remonta con cierta facilidad: el Año Mariano de 1954 y la canonización —durante su curso— del insigne Papa San Pío X, en cuyo nombre nos congregamos hoy; la beatificación, en 1955, del Venerable Padre Marcelino Champagnat, fundador de la Congregación de los Hermanos Maristas, en uno de cuyos colegios yo estudiaba, y la beatificación, el 7 de octubre de 1956 del gran Pontífice Odescalchi, Inocencio XI, quien supo defender con denuedo los derechos de la Iglesia Santa contra los abusos del Estado y el despotismo del Rey de Francia, otrora Cristianísimo. A tal beatificación se opuso la República Francesa, mas ella tuvo lugar ¡En aquellos años la Iglesia era la Iglesia, y el Papa era el Papa!
También en nuestra niñez nos hablaba de la grandeza de la Santa Iglesia sus cardenales, obispos, sacerdotes y fieles que sufrían penosamente el embate del comunismo ateo, asentado en la mitad del Orbe con la complacencia de su otra mitad. Era la época de los eminentísimos cardenales héroes, cuando no mártires —Alois Stepinac, Arzobispo de Zagreb, en Croacia; Josef Mindszenty, Arzobispo de Eztergom y Príncipe Primado de Hungría; Stefan Wyszynski, Arzobispo de Cracovia, en Polonia; y Josyf Slypij, Gran Arzobispo de Leópolis, en Ucrania, entre varios otros. Algunos de estos fidelísimos padres sobrevivirían a las cárceles marxistas para contemplar, al fin de sus días, el triunfo de la Revolución contra la cual lucharon incansablemente en nombre de Nuestro Señor Jesucristo.
5./ Al recordar la Iglesia de mi niñez, la Fe que ella irrevocablemente me imprimió, con sujeción a la Sagrada Tradición, y el Templo al cual asistí, no puedo sino invocar las conmovedoras expresiones del filósofo don Rafael Gambra:
«¡Qué grandeza la de los templos que nuestra fe levantó! En cualquiera de nuestras aldeas su templo parroquial vale más que todo el pueblo junto.»
«Y qué dignidad y belleza la del culto divino, aun con los medios más modestos. El latín, el canto gregoriano, la solemnidad de la misa “de Angelis”, obras de una tradición milenaria. Y en el funeral por el que se nos fue, qué estremecimiento íntimo en el oficio de difuntos, en el “Dies irae”, en el responso final... Las devociones sinceras de la Virgen del lugar. Las procesiones de santos, la romería anual... apostolado sencillo, religión entrañada y de verdad, que nos hizo llegar pujante y consoladora la fe de nuestros mayores, la del mismo Cristo...»
«¡Qué obra de arte, de armonía y de profundidad fue la civilización cristiana! Las plegarias cotidianas y los toques de oración señalaban las horas del día. Las fiestas y el año litúrgico marcaban los tiempos, las faenas y el descanso.»
«Cristianas eran las alegrías y cristianos los dolores del pueblo cristiano. Santo el nombre de cada ser humano, y su fiesta era la de un santo. Un sacramento alumbraba la vida que nacía; otro, la plenitud gozosa del matrimonio; otro consolaba al que se iba de este mundo.»
«¡Qué fácil era para el cura de pueblo, desde la dignidad de su sotana, mantener el respeto reverencial y a la vez el gesto amable y paternal! ¡Qué figura venerable la del párroco de nuestra juventud! Cómo acudían a él los niños a besarle la mano, pronunciando el “Ave María Purísima”. Y a escuchar de sus labios siempre una palabra de padre. Él era inequívocamente pastor, y a él acudían para consuelo y consejo las tribulaciones de la juventud y las penas de la vejez. Y aquellas gentes tenían como la mayor honra de su vida ver a un hijo suyo sacerdote.»
Las palabras del señor Gambra trasuntan con total fidelidad el inmenso honor que para todos nosotros significa pertenecer, mediante el Santo Bautismo, a la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, Única Verdadera, Esa era nuestra Fe, que por la gracia de Dios nos venía de nuestros padres. ¡Esa es la Fe en la cual queremos morir!
6./ Pero, no todo era grandeza, solemnidad y templanza en la Santa Iglesia. No obstante nuestra escasa comprensión, algunos podíamos percibir, ya, que voces extrañas se alzaban en su seno; que doctrinas disolventes buscaban penetrar en Ella, y que los ejemplos que anunciaban nuestro Catecismo y nuestras lecturas escolares no guardaban armonía con las nuevas opiniones relativas, entre otras materias, a la libertad de las religiones, a la democracia política y a las doctrinas sociales.
Era claro, y así lo entenderíamos cabalmente después, que la seducción modernista que propiciaba estas opiniones disolventes penetraba ya en todos los ámbitos de la Iglesia, hasta alcanzar a su Sede Prima, como pronto habría de ocurrir.
Por ello, la muerte del Augusto Pontífice Pío XII, producida el 9 de Octubre de 1958, fue recibida por muchos no sólo con pesar, sino también con preocupación. Así lo recuerdo cabalmente.
7./ Juan XXIII, su sucesor, fue coronado Papa el 4 de Noviembre siguiente. La bondadosa figura del nuevo Pontífice provocó una oleada de entusiasmo que se extendió por toda la Cristiandad. Muchas de sus posiciones eran eminentemente tradicionales, o así lo parecían. Sólo la doctrina política y social parecía errar por nuevos y supuestamente insospechados rumbos.
El 25 de enero de 1959 el Pontífice convocaba a un nuevo Concilio Ecuménico, el cual habría de ser “una espontánea flor de una primavera inesperada”. Ese mismo año tenía lugar el Primer Sínodo de la Diócesis de Roma, cuyas extensas conclusiones, referidas a múltiples materias doctrinales y pastorales, no presentaban discrepancias con las doctrinas de la Tradición de la Iglesia.
En igual sentido, el 22 de febrero de 1962 el Papa promulgaba la Encíclica Veterum Sapientiae, sobre el fomento del estudio de los idiomas latino y griego. Al efecto, precisaba:
«Por este motivo la Sede Apostólica ha procurado siempre conservar con celo y amor la lengua latina, y la ha juzgado digna de usarla como espléndido ropaje de la doctrina celestial y de las leyes Santísimas, en el ejercicio de su sagrado magisterio, y de hacerla usar a sus ministros. Dondequiera que estos se encuentren, por el conocimiento y el uso del latín, pueden conocer exactamente cuanto proviene de la Sede Romana y por medio de él libremente comunicarse entre sí.»
«Por tanto, el pleno conocimiento y el conveniente uso de esta lengua, tan íntimamente unida a la vida de la Iglesia, interesa más a la religión que a la cultura y a las letras[6], como dijo nuestro predecesor de inmortal memoria Pío XI, el cual, estudiando sus fundamentos científicos, indicó tres dotes de esta lengua admirablemente adaptadas a la naturaleza misma de la Iglesia: “De hecho la Iglesia, al abrazar en su seno a todas las naciones, y estando destinada a durar hasta el fin de los siglos, exige por su misma naturaleza una lengua universal, inmutable y no popular”.»
Luis Giachino
