«Alégrate, María, porque tú sola has aplastado todas las herejías que han aparecido en el mundo».
La Santísima Virgen María aplasta las herejías porque su misión maternal consiste en conducir a las almas a la vida divina, llevándolas a Jesucristo, Verdad encarnada. Ahora bien, la herejía, al alterar el conocimiento de Dios y de Cristo, atenta contra la vida sobrenatural en su misma fuente. Por tanto, aquella que recibió la misión de comunicar esta vida a las almas debe también preservarlas de cuanto la destruye: el error y la mentira.
Así pues, para María, aplastar las herejías significa defender en las inteligencias la Verdad de su Hijo, a fin de mantener a las almas unidas a Él.
Queridos fieles, amigos y benefactores,
El espíritu de Asís y de Mater Populi Fidelis
Hace cuarenta años, el papa Juan Pablo II reunió en Asís a representantes de todas las religiones para una jornada que marcaría profundamente las almas y se convertiría en el funesto paradigma de toda una serie de encuentros ecuménicos que se repetirían a lo largo de los años. Los de más edad entre nosotros quizá recuerden un episodio particularmente significativo: un grupo de peregrinos procedentes del sur de Italia había llegado a Asís llevando una estatua de Nuestra Señora de Fátima, sin comprender muy bien lo que iba a suceder... Los organizadores del encuentro los apartaron, pues la presencia de esta estatua habría entorpecido el desarrollo de las ceremonias previstas.
Hace un año, el 4 de noviembre de 2025, el Dicasterio para la Doctrina de la Fe publicó un texto que suscitó numerosas reacciones, pues pedía explícitamente al pueblo cristiano que evitara emplear los títulos de Corredentora y Mediadora de todas las gracias para referirse a la Santísima Virgen María. Hoy en día, estos títulos se consideran inapropiados, inexactos y, sobre todo, inadecuados para expresar debidamente el dogma católico tal como se concibe y se reinterpreta actualmente.
Sin embargo, este texto funesto, devastador tanto por su contenido como por sus inevitables consecuencias pastorales, habrá producido indirectamente un efecto positivo: volver a poner de relieve la importancia de las fórmulas y los títulos. En efecto, la perspectiva modernista, que tiende a reducir el acto de fe a una experiencia personal e íntima de Dios, conduce al desprecio de las fórmulas, bajo el pretexto de que la fe no puede reducirse ni quedar circunscrita al empleo de expresiones concretas y «técnicas», estructuralmente incapaces de expresar una experiencia vivida.
Quisiéramos aprovechar el triste aniversario de la reunión interreligiosa de Asís y de la publicación de Mater Populi Fidelis para meditar sobre un título muy hermoso que la liturgia atribuye a la Santísima Virgen María: aquella que, por sí sola, aplasta todas las herejías. «Alégrate, María, porque tú sola has aplastado todas las herejías que han aparecido en el mundo».
¿Cómo justificar semejante título? ¿Por qué razón la Iglesia, incluso en su liturgia, quiere ofrecernos una imagen así de María? A primera vista, este título no parece tener relación directa ni con la maternidad divina ni con la virginidad perpetua de María.
Para apreciar la belleza y la profundidad de este título, y comprender todo su alcance, es preciso remontarse hasta la fuente misma de la vida sobrenatural: la vida de Dios, que Él se complace en comunicar a las almas por medio de la gracia. Bajo esta luz podremos comprender el lugar único de la Santísima Virgen María, en quien esta participación en la vida divina alcanza una plenitud incomparable.
¿Qué es la vida divina?
Detengámonos en algunas consideraciones teológicas e intentemos adentrarnos, por unos instantes, en la eternidad. La vida divina es lo más simple que existe; pero esa misma simplicidad encierra una profundidad tal que no podemos comprenderla plenamente.
«La vida divina no es otra cosa que un acto de contemplación y de amor por el cual Dios, contemplándose a sí mismo a la vez como Verdad soberana y bien soberano, goza perfectamente de sí mismo».
En la eternidad, Dios realiza un solo y único acto: se contempla constantemente a sí mismo. Contempla su Ser, contempla su perfección infinita, pues su Ser es así: infinitamente perfecto. Esta contemplación de su Ser soberano constituye su vida misma: si Dios no viviera de este modo, sencillamente dejaría de ser Dios.
Ahora bien, esta perfección infinita que contempla, la contempla perfectamente: su inteligencia divina contempla su Ser divino y lo abarca por completo en un acto de contemplación único, perfectamente verdadero y siempre idéntico a sí mismo. Así, al conocer perfectamente su Ser divino, se contempla como Verdad soberana1.
Por otra parte, al contemplarse como Verdad soberana, Dios se contempla también como Bien soberano. En efecto, lo Verdadero y el Bien designan una sola y misma realidad, considerada desde dos aspectos diferentes2: si Dios es el Ser soberano y la Verdad soberana, necesariamente es también el Bien soberano. Y al contemplarse a sí mismo como Bien soberano, Dios se ama perfectamente a sí mismo. Si fuera de otra manera, Dios ya no sería Dios.
En resumen, la vida divina no es otra cosa que un acto de contemplación y de amor por el cual Dios, contemplándose a sí mismo a la vez como Verdad soberana y Bien soberano, goza perfectamente de sí mismo.
Ahora bien, aunque se basta a sí mismo, Dios ha elegido libremente comunicar algo de su Ser y de su perfección a otros seres distintos de Él. En efecto, la bondad tiende naturalmente a comunicarse a los demás, a darse. En su caso, Dios, Bondad soberana, quiso darse libremente fuera de sí mismo a las criaturas y, en particular, a determinadas criaturas, a las que Dios no solo comunica algo de su Ser y de su perfección, sino también algo de su vida misma.
Dios comunica su vida a las almas dándose a conocer
Sentadas estas premisas fundamentales, se comprende fácilmente que, para comunicar a un alma una cierta participación en su vida divina, Dios comienza por darle a conocer algo de sí mismo. Precisamente para darle vida, para hacerla partícipe de esa contemplación de sí mismo que constituye su propia vida, Dios «se revela» bajo el velo de la fe.
El alma iluminada por la fe puede conocer a Dios y, al conocerlo, puede amarlo y servirlo. En esto consiste la necesidad de la fe. En efecto, es imposible amar el Bien y adherirse a él si antes no se lo conoce. Nadie ama ni desea lo que no conoce.
Ahora bien, esta Revelación no se limita a darnos a conocer las perfecciones de Dios. Nos hará penetrar más profundamente en la intimidad de su vida, desvelándonos un misterio que nuestra razón, por sí sola, jamás podría descubrir: esta vida divina única es la vida de tres Personas distintas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
«Precisamente para darle vida, para hacerla partícipe de esa contemplación de sí mismo que constituye su propia vida, Dios “se revela” bajo el velo de la fe».
En la vida de la Santísima Trinidad, el Padre, al conocerse a sí mismo, engendra eternamente a su Verbo, expresión perfecta de la Verdad divina, «resplandor de su gloria e impronta de su sustancia» (Heb 1, 3). El Hijo es, pues, ese Verbo, en quien el Padre se refleja y expresa la Verdad eterna. Y del Padre y del Hijo procede eternamente el Espíritu Santo, Amor subsistente.
Es precisamente de esta vida trinitaria de la que Dios quiere hacernos participar. Por tanto, de este deseo de santificar a las almas proceden la Revelación progresiva del Antiguo Testamento y, sobre todo, su culminación en la venida a la tierra del Verbo de Dios, Verdad soberana encarnada. Al hacerse Dios hombre, quien contempla a Nuestro Señor contempla, a través de su humanidad, al mismo Dios: «El que me ve a mí, ve al Padre» (Jn 14, 9); y, por este conocimiento del Padre a través del Hijo, accede a la vida eterna: «La vida eterna es: que te conozcan a Ti, solo Dios verdadero, y a Jesucristo Enviado tuyo» (Jn 17, 3).
Este punto es fundamental: el conocimiento de Nuestro Señor, Verbo hecho carne, se convierte en el medio necesario en esta tierra para conocer íntimamente a Dios. Es por medio de la humanidad del Verbo encarnado, y únicamente a través de ella, como los hombres pueden acceder a la vida trinitaria y contemplar a Dios: «Nadie ha visto jamás a Dios; el Hijo único, que es en el seno del Padre, Él es quien lo ha dado a conocer» (Jn 1, 18); y, por consiguiente, «hemos visto su gloria, gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1, 14).
Por supuesto, Dios se da a conocer sin la menor posibilidad de error: si, por imposible que fuera, Dios se diera a conocer mezclando la Verdad con algún error, haría imposible la santificación de las almas. Dicho esto, la fe conserva siempre una cierta oscuridad: en esta tierra, conocemos a Dios a través de un velo. Este velo será levantado en la Eternidad, donde el conocimiento propio de la fe dará paso a la visión beatífica. Así, nuestro conocimiento sobrenatural de Dios pasará de un modo imperfecto a uno perfecto: la fe precede a la visión y existe para prepararla y conducirnos a ella.
«El conocimiento de Nuestro Señor, Verbo hecho carne, se convierte en el medio necesario en esta tierra para conocer íntimamente a Dios».
Por tanto, si Dios santifica las almas y les da vida por los medios que acabamos de describir a grandes rasgos, ¿cuál podrá ser el grado de conocimiento de esta Verdad soberana en el alma de la Santísima Virgen María?
Veremos que, en María, esta contemplación de la Verdad corresponde, por una parte, al grado de plenitud de su gracia; por otra, a su maternidad divina; y, finalmente, a su misión particular de Mediadora universal, que implica la responsabilidad de comunicar a todas las almas el conocimiento íntimo de su Hijo, verdadero Dios y verdadero hombre.
La contemplación de la Verdad en María, llena de gracia
Es evidente que la santidad de María conlleva en ella un grado de contemplación de lo Verdadero, inimaginable para cualquiera de nosotros. En efecto, preservada del pecado original y de sus heridas, ella no corre ningún riesgo de error. En su inteligencia no hay ningún tipo de ilusión, ningún juicio erróneo ni precipitado. Ninguna pasión desordenada viene a perturbar u oscurecer en ella la percepción de lo verdadero. Su contemplación de la Verdad no encuentra obstáculo alguno.
Pero, sobre todo, su pureza confiere a su inteligencia una capacidad sin igual para penetrar las verdades eternas, capacidad que se ve aún más fortalecida por la presencia en su alma, y en un grado inimaginable, de los dones sobrenaturales del Espíritu Santo. En particular, los dones de entendimiento y de sabiduría le permiten contemplar las Verdades divinas en un grado superior al de los serafines y querubines. Ella es el Trono de la Sabiduría.
En virtud de su plenitud de gracia, su alma se encuentra en una situación absolutamente privilegiada y única. El pecado y el error son dos realidades que, de un modo u otro, obstaculizarían su perfecta contemplación y, por consiguiente, su perfecta unión con Dios y con su santidad. Ahora bien, así como su alma no puede ser rozada ni por la más mínima sombra de pecado, ni siquiera por la menor imperfección, tampoco su inteligencia puede ser rozada por la más mínima sombra de error.
Esta perfecta adhesión de María a la Verdad permite comprender también la perfección incomparable de su libertad. «La verdad os hará libres» (Jn 8, 32): nunca estas palabras de Nuestro Señor se han cumplido de manera tan perfecta en una mera criatura como en su Madre. Porque la verdadera libertad no consiste en la posibilidad de apartarse del bien, sino en la capacidad de moverse en él sin obstáculos. Como ninguna inclinación al pecado obstaculizaba su voluntad, su conocimiento de la Verdad y su adhesión al Bien no tenían ningún impedimento, su libertad misma alcanzaba una perfección única. Lejos de disminuir su libre albedrío, su impecabilidad le otorgaba, según la expresión del padre Garrigou-Lagrange, «la plena libertad en el orden del bien, sin ninguna desviación hacia el mal3». Por tanto, su libertad era, a semejanza de la de su divino Hijo, una imagen purísima de la libertad de Dios.
La Madre de Dios, contempladora del Verbo Encarnado
Cabe recordar que la contemplación de la que hablamos, al ser un medio por el cual Dios comunica su propia vida, no se limita a observar y admirar las verdades contempladas: esta misma contemplación transforma poco a poco las almas según el modelo de aquello que contemplan. En otras palabras, mediante la contemplación cristiana, Dios va asimilando progresivamente a las almas y las transforma a imagen de Jesucristo. Es en este sentido preciso en el que san Pablo enseña que «el justo vive de la fe» (Rom 1, 17).
Ahora bien, el alma que vivió constantemente más que ninguna otra bajo la influencia de la fe en la contemplación de Nuestro Señor fue la de la Santísima Virgen María. En efecto, la capacidad única y singular de la Inmaculada para penetrar lo Verdadero mediante la contemplación no se debe únicamente a los dones incomparables que recibió, los cuales la dotan de una capacidad intuitiva superior a la de los ángeles. Hay otro elemento, igualmente importante, que la sitúa en una posición absolutamente privilegiada: su relación directa y única con la humanidad de Nuestro Señor Jesucristo, en virtud de su maternidad divina.
«La Santísima Virgen María está tanto más íntimamente unida al objeto mismo de su contemplación cuanto que este Verbo encarnado es verdaderamente su Hijo y ella es verdaderamente su madre».
No olvidemos que esta humanidad, unida al Verbo, es el medio que el Padre ha elegido para llevar a cabo la plenitud de la Revelación. Ahora bien, la Santísima Virgen María está tanto más íntimamente unida al objeto mismo de su contemplación cuanto que este Verbo encarnado es verdaderamente su Hijo y ella es verdaderamente su madre. Esta proximidad alcanza un grado absolutamente incomparable por el hecho de que la humanidad de Nuestro Señor, en su elemento material, procede exclusivamente de la Santísima Virgen María. Por consiguiente, jamás ha existido ni existirá en la historia una afinidad más profunda entre una madre y su hijo que la que une a María y Jesús.
Sin riesgo de exagerar, podemos establecer aquí un paralelismo bastante sorprendente entre la generación eterna del Verbo y la generación temporal de Nuestro Señor. Así como el Padre, en la eternidad, al contemplar al Verbo, le dice: «Yo te engendré hoy» (Salmo 2, 7) —donde el hoy significa la eternidad misma—, así también Nuestra Señora, al contemplar a Nuestro Señor, puede decirle sin cesar: «Yo soy tu madre, te he engendrado en el tiempo». Parafraseando el Credo, san León Magno resume la afinidad única entre la humanidad de Nuestro Señor y María con una expresión muy hermosa y bastante original: «consustancial a su Madre» (Sermón 30, 6).
Además, durante treinta años, María tuvo ante sus ojos esa humanidad unida al Verbo, como una ventana divina abierta de par en par ante su alma. Todos sabemos que Nuestro Señor quiso pasar treinta años de su vida en la oscuridad para hacernos comprender la primacía de la vida contemplativa sobre la vida activa. Pero una segunda razón, igualmente profunda, ilumina esos largos años en Nazaret: ofrecer a María la oportunidad de contemplar, en una intimidad sin igual, al Verbo encarnado del que ella era madre. ¿Con qué fin? Por supuesto, para que fuera santificada cada vez más y transformada a su imagen. Pero también para que, alimentada por la contemplación de la Verdad hecha carne, pudiera después hacer vivir de ella a la Iglesia.
María comunica a las almas la vida que ha recibido
En efecto, este conocimiento incomparable del Verbo encarnado no estaba destinado a permanecer como privilegio personal de la Virgen María. La plenitud de gracia que recibió estaba ordenada también a su misión de Mediadora universal: aquella que recibió a Cristo y lo dio al mundo permanece asociada, en total dependencia de su Hijo, a la comunicación de los frutos de la Redención a las almas.
Por consiguiente, puesto que la vida sobrenatural comienza aquí abajo con el conocimiento de Dios bajo el velo de la fe, es ante todo en este ámbito donde se ejerce la mediación de María. Habiendo conocido a Jesucristo como ninguna otra criatura, ella engendra a sus hijos a la vida de la fe: introduce a las almas en el conocimiento de su Hijo, las afianza en la Verdad que Él revela y les enseña a penetrar cada vez más profundamente en sus misterios.
«Su vocación no consiste únicamente en ser un modelo de vida cristiana, sino también en ser la madre que comunica esa vida a las almas y la protege en su desarrollo».
Nuestra Señora debía comunicar así a la Iglesia naciente, no solo el fruto de su contemplación, sino también, en cierto sentido, el ejercicio mismo —podríamos decir, el método— de esta contemplación, llamada a constituir el principio interior de la vida de la Iglesia. En efecto, ya sea espiritual, litúrgica o doctrinal, la actividad de la Iglesia se reduce siempre a un mismo acto de contemplación, cuya finalidad es santificar a las almas y prepararlas para la visión beatífica. Desde esta perspectiva, Nuestra Señora debía convertirse en el arquetipo del alma cristiana.
Pero la misión maternal de María no termina ahí: puesto que su finalidad es hacer nacer la fe en las almas, no puede permanecer indiferente ante la necesidad de defender la Verdad. Encargada de conducir a las almas a la Vida, llevándolas a su Hijo, también debe preservarlas absolutamente de todo aquello que oscurece su conocimiento de Jesucristo y las aparta de Él. Porque el error en este ámbito, al interponerse entre la inteligencia y la Verdad divina, atenta contra la vida sobrenatural en su misma fuente.
El error es enemigo de la contemplación y, por consiguiente, de la santificación
Es importante comprender bien la necesidad de la contemplación como fundamento de la vida espiritual. En la concepción modernista, el acto de fe se reduce esencialmente a una experiencia interior y personal de Dios que, en la práctica, hace abstracción del contenido exterior de la Revelación: tal concepción vuelve incomprensible e inútil todo lo que acabamos de describir.
«Encargada de conducir a las almas a la Vida, llevándolas a su Hijo, también debe preservarlas absolutamente de todo aquello que oscurece su conocimiento de Jesucristo y las aparta de Él».
Ilustremos esta dificultad con un ejemplo concreto. Si yo dejo de creer, en términos claros e inequívocos, que la santa Misa es la renovación del sacrificio de la Cruz hecho presente en el altar, mi contemplación y mi percepción de este sacramento se verán modificadas. En consecuencia, también cambiará mi forma de rezar, de celebrar la Misa o de asistir a ella. A la larga, cambiará también mi concepción del propio sacrificio de la Cruz, porque el acto que lo renueva habrá sido, en cierto modo, desnaturalizado en su significado y en la comprensión que yo pueda tener de él. Finalmente, el concepto mismo de Redención se verá transformado, sobre todo en su dimensión expiatoria y propiciatoria.
El mismo mecanismo se reproduce cada vez que una verdad revelada se ve oscurecida o debilitada: la contemplación se ve afectada y, después, la propia vida cristiana. De hecho, esto corresponde a lo que ocurrió en la Iglesia universal con la nueva misa. Y el ejemplo podría extenderse fácilmente a la pérdida de la fe en la realeza de Cristo y en sus derechos públicos imprescriptibles, o incluso en la necesidad absoluta de la mediación de Nuestro Señor para alcanzar la salvación, lo que da lugar hoy a la práctica generalizada de un ecumenismo deletéreo.
Como Madre de nuestras almas, la Virgen María es fundamentalmente antiecuménica
Resulta, pues, evidente que la Santísima Virgen María, arquetipo del alma cristiana y madre de la vida sobrenatural, aborrece el error tanto como aborrece el pecado. Su vocación no consiste únicamente en ser un modelo de vida cristiana, sino también en ser la madre que comunica esa vida a las almas y la protege en su desarrollo.
¿De qué debe protegerla? De todo lo que la obstaculiza, la hiere o la destruye: la herejía y el pecado. Comprendemos entonces más profundamente lo que significa aplastar la cabeza de la Serpiente, de aquel que es «homicida desde el principio» (Jn 8, 44) y enemigo de la Vida. Allí donde Satanás difunde la muerte mediante la mentira y el pecado, María protege la vida conduciendo a las almas hacia la Verdad y la gracia.
Aplastar la cabeza de la Serpiente significa, por tanto, destruir también sus mentiras: todos esos errores que impiden a las almas conocer la Verdad divina en su plenitud, contemplar su Belleza y prepararse para poseerla eternamente. Porque Satanás persigue, a través de todas sus obras, un mismo propósito: separar la inteligencia de la Verdad para separar el alma de Dios.
De ninguna manera la Santísima Virgen puede tolerar que su Hijo, Verdad encarnada, sea considerado como un camino entre otros para llegar al Padre; de ninguna manera podría tolerar que la Verdad y el error sean tratados en pie de igualdad en nombre de la dignidad humana y de la engañosa libertad de elegir entre lo verdadero y lo falso. Nadie como Nuestra Señora es consciente de que permitir que las almas elijan entre Jesús y Barrabás significaría engañarlas y despreciarlas.
Nadie como la Virgen puede hacer suya esta respuesta de Nuestro Señor a los judíos: «La obra de Dios es que creáis en Aquel a quien Él envió» (Jn 6, 29). Como Madre de Dios, ella está asociada de manera única a esta obra: es a través de ella que el Hijo enviado por el Padre viene al mundo.
Por eso es la gran ausente de las reuniones ecuménicas: su presencia incomoda, no se le puede invitar. Ella es portadora de un mensaje incompatible con el espíritu de Asís: el recordatorio inflexible de los derechos exclusivos de su Hijo, Cristo Rey, sobre todas las almas; en otras palabras, los derechos de la Verdad frente al error y las prerrogativas de la Iglesia frente a las demás religiones. Si pudiera tomar allí la palabra, recordaría necesariamente a los hombres, como Madre y Reina, la elección que se impone: «¡O mi Hijo o los demás!»
«Aplastar la cabeza de la Serpiente significa, por tanto, destruir también sus mentiras».
Por eso, entre los títulos más hermosos y gloriosos que la liturgia —y, por tanto, la Iglesia— atribuye a María, figura el siguiente: «Aquella que, por sí sola, aplasta todas las herejías». Este título conviene admirablemente a aquella que ha recibido la misión y los medios para hacer nacer en nosotros la vida divina —Nuestro Señor mismo— y conducirnos a la santidad.
Por tanto, en medio de la confusión actual de un modernismo triunfante, solo ella puede obtener para nuestras almas la gracia de ser preservadas del error y de la indiferencia — siendo esta última algunas veces lo que conduce al error y otras lo que se deriva de él: el fruto más maduro y pernicioso del espíritu de Asís.
Solo la Virgen puede conducir de nuevo las inteligencias hacia la Verdad eterna y convertirlas, permitiéndoles conocer a Dios y adorarlo «en espíritu y en verdad» (Jn 4, 24).
Finalmente, solo ella puede devolver a los hombres de la Iglesia el celo de los papas, de los mártires y de los confesores, dispuestos a todo para defender la fe católica y manifestar al mundo su pureza: reflejo, en el tiempo y en la historia, de la pureza misma de la Verdad eterna.
Que Dios los bendiga.
Menzingen, 4 de noviembre de 2026
Don Davide Pagliarani
