Para leer y meditar

Transcripción completa

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Celebramos esta fiesta de Todos los Santos, que hoy providencialmente coincide con el día domingo. Por eso se celebra esta fiesta, que es de primera clase, y se hace conmemoración del domingo vigésimo tercero después de Pentecostés.

Una fiesta bastante antigua del siglo… El 13 de mayo del año 610, el papa Bonifacio IV dedicó, consagró el templo del Panteón y lo llamó con el nombre de Santa María ad Martyres. Y es así como se comienza a celebrar esta fiesta de Todos los Santos, pero dedicada especialmente a ese título, a la Virgen María y a los mártires.

Después va a ser el papa Gregorio IV en el año 835, más o menos dos siglos después, quien va a extender la fiesta a toda la Iglesia y va a mandar que se celebre el primero de noviembre y que se honre en este día a todos los santos, no solamente los mártires, sino todos aquellos que han practicado, que han vivido, pues, la heroicidad de las virtudes cristianas en esta tierra que por lo tanto son santos.

La santidad en el Antiguo Testamento se daba; era posible alcanzar la santidad. De hecho, hay santos. Sin embargo, en el común de los casos era más bien esa conciencia de la propia impotencia ante las exigencias de la ley de Dios lo que predominaba. De hecho, san Agustín en una de las lecturas de Maitines, que los sacerdotes rezamos el día de hoy de la fiesta de Todos los Santos, dice justamente que era una ley menor para los menores, para los más pequeños, aquellos que vivían todavía del temor, del temor de Dios.

Y ya va a ser justamente el Nuevo Testamento, va a ser Nuestro Señor al morir en la cruz, al vencer con su… con la entrega de su propia sangre, vencer el pecado, vencer al demonio, pues quien va a devolver a los hombres esa fuerza de la gracia de Nuestro Señor, esa fuerza de la caridad y se va a ver realmente en concreto, mucho más la santidad. Van a surgir más santos de toda clase, de todo… con todo tipo de vocaciones distintas. Va a brillar la santidad como ese fruto manifiesto, esa eficacia realmente que viene de la cruz de Nuestro Señor.

Y va a ser justamente porque Nuestro Señor funda su Iglesia, la Iglesia católica, esa Iglesia que nace de su corazón traspasado. Una vez que nace su Iglesia, pues para siempre, ya desde la cruz hasta el final de los tiempos, va a existir esa fuerza, esa eficacia, esa abundancia de gracia que viene de la cruz de Nuestro Señor. Y por lo tanto, esa santidad que pueden recibir las almas, santidad a la que pueden aspirar realmente todos los hijos de Dios, todos los miembros de la Iglesia. Dice el catecismo:

«La verdadera Iglesia se llama santa, porque santa es su cabeza invisible, que es Jesucristo, santos muchos de sus miembros, santa su fe, su ley, sus sacramentos y fuera de ella no hay ni puede haber verdadera santidad». Eso dice el Catecismo de San Pío X.

Hay santos, podemos decir santos más visibles, más manifiestos, que han brillado de una manera especial delante de los hombres. Lo que dice Nuestro Señor, brille vuestra luz ante los hombres. Santos cuyas obras han sido manifiestas, han sido pues un faro para tantas almas en el momento que les tocó vivir. Tantos que Nuestro Señor, la Providencia, ha suscitado de una manera así admirable en tiempos concretos en que la Iglesia ha necesitado justamente del ejemplo de ellos para poder seguir combatiendo los errores, seguir combatiendo las malas costumbres en esos momentos.

Sin embargo, son obras, aun las obras de esos santos que la Iglesia usa más que para ellos. Por supuesto que manifiesta su fidelidad a lo que Dios ha pedido de ellos; pero, más que para ellos, la santidad que se difunde por el bien de los demás. Son santos que Dios utiliza justamente para el bien de toda la Iglesia, como ejemplos, como instrumentos de bien para tantas almas.

Hay otros santos y por eso la Iglesia reserva este día a honrar a todos los santos que son más invisibles, que han tenido tal vez una vida más escondida, tal vez no han sido conocidos en esta tierra y sin embargo en el cielo se verá la grandeza de su corazón que Dios quiso justamente para manifestar esa variedad de santos que quedaran escondidos, que no se conociera mucho sus virtudes, su vida y que van a brillar de una manera especial también en el cielo.

La santidad. Es verdad que no todos, de hecho, son la minoría en esta tierra, los que llegan a una santidad plena, a una santidad acabada, los que se llegan a identificar así perfectamente, completamente con Nuestro Señor Jesucristo.

Por eso Dios, en su misericordia, él mismo se encarga de completar esta obra. Al cielo no se puede llegar sino siendo santo. Y Dios completa esa obra en el purgatorio, en ese lugar de grandes sufrimientos, por no haber sido en esta tierra del todo fieles a lo que Dios nos pedía. Y sin embargo, en que Dios santifica, termina de santificar a las almas. Las almas del purgatorio son benditas, son santas, porque sus disposiciones ya son santas y lo único que esperan es esa purificación completa para poder presentarse ante Dios.

La santidad. Sin embargo, aunque es verdad que pocos, que la minoría llegan a esa santidad así acabada, plena en esta tierra, los medios que Dios deja para santificar a las almas son medios en cierta manera extraordinarios y en cierta manera ordinarios. Son extraordinarios en la medida en que son herramientas, elementos que realmente entregan una vida y una fuerza que vienen de Dios, que no vienen de nosotros, que superan ampliamente, infinitamente las fuerzas del ser humano. Son medios sobrenaturales: los sacramentos, especialmente los sacramentos que tienen una eficacia propia que viene de Nuestro Señor mismo. La oración, la gracia santificante que Dios nos da de la que nosotros vivimos en la medida en que no tenemos un pecado mortal en el alma. Son medios extraordinarios.

Repito, son medios divinos con los que Dios nos va divinizando, nos va siendo semejantes a él, aun respetando nuestra vida sencilla, nuestra vida diaria, todas las cosas que debemos hacer, no deja de ser una vida realmente tan extraordinaria, la vida cristiana, la vida de la gracia, con una fuerza que viene de Nuestro Señor mismo.

Y sin embargo, es algo ordinario también en la medida en que son medios comunes que se ofrecen a los que tienen acceso, todos los fieles, todo bautizado, toda alma que busca la gracia, que busca Nuestro Señor, que pretende realmente serle fiel, acercarse y unirse a él por el amor, por la caridad en esta tierra, tiene realmente —porque así lo ha hecho Nuestro Señor—, tiene todos los medios necesarios para alcanzar la santidad, para unirse a Nuestro Señor, porque él venció al mundo, venció al pecado y dejó todo lo necesario para que brille esa santidad que viene de él en los hombres, en los hijos de Dios.

En ese sentido son comunes, permanentes, siempre van a estar. Nosotros siempre tendremos acceso a esos medios y por eso nunca podemos justificarnos en nuestra… en nuestra miseria. Nunca podemos justificarnos en las dificultades que nos presenta el mundo, aun este mundo de estos tiempos, porque Nuestro Señor es más fuerte, superior, es Dios, quien venció todo el pecado de todos los tiempos.

Y para eso Dios ha dejado también medios que son así como más precisos, más concretos. La Iglesia ha dejado medios concretos, uno de los cuales quisiera señalar que es… las familias religiosas que Dios ha dejado, Nuestro Señor ha dejado con su Iglesia para darles a las almas reglas precisas, caminos más señalados de acceso más fácil para que nosotros sepamos bien qué debemos hacer para alcanzar más rápidamente, más fácilmente esa vida santa cristiana. Y esas familias son las familias de lo que se llama la Tercera Orden.

Las terceras órdenes que existen en diferentes comunidades, en diferentes órdenes religiosas o congregaciones, se llaman así, porque la primera orden propiamente es la orden masculina, los sacerdotes o los monjes de una orden religiosa, los sacerdotes de una congregación. La segunda orden son las religiosas que forman parte de esa familia. Y la Tercera Orden, a esa familia pertenecen laicos, personas del mundo, que quieren vivir santamente la vida que lleva esa familia. Ellos no pueden llevar exactamente la misma vida que los miembros de la primera o segunda orden porque viven en el mundo. Sin embargo, la Iglesia les ofrece de una manera más adaptada a su vocación medios concretos para poder vivir santamente. Y así es como monseñor Lefebvre fundó la Tercera Orden de la Fraternidad San Pío X el primero de noviembre de 1980, 10 años después de la fundación de la Fraternidad. De hecho, hoy día la Fraternidad cumple 56 años de existencia. La Tercera Orden, 46, 10 años menos.

Monseñor justamente fundó esta familia de la Tercera Orden para darles a los fieles esa posibilidad concreta de llevar una vida con ciertas reglas que son reglas muy sencillas, realmente no son difíciles de cumplir para poder llevar una vida más cristiana, más íntegra, íntegramente cristiana en este mundo.

Y cuando uno lee los estatutos, lo que monseñor Lefebvre, nuestro fundador, dejó escrito, realmente se ve cómo la Providencia ha querido dar a las almas hoy día, repito, no es la única tercera orden, pero a las personas que pertenecen más a la Fraternidad San Pío X les ha querido dar medios que son tan apropiados a la crisis que vive hoy la Iglesia.

Monseñor Lefebvre en primer lugar pone como patrono a san Pío X y él dice, monseñor Lefebvre en los estatutos dice: «La santificación en la situación actual se obtiene en un mundo que se opone a ella, a la santidad, mediante errores y herejías sutiles. Ahora bien, el papa san Pío X fue beatificado por haber denunciado valerosamente los errores modernos y mostrado el ejemplo de la santidad en la firmeza de la doctrina, la pureza de las costumbres y la devoción al sacrificio eucarístico».

Y después monseñor va a explicar de manera más detallada cuál es el espíritu, cuál es la intención, digamos así, que guía a esta Tercera Orden. En primer lugar va a decir que es el mismo espíritu que guía a la congregación propia, a la Fraternidad San Pío X.

Un espíritu que debe estar guiado por la fe católica, por la fe íntegra, una fe viva, vivir de la fe católica.

Y esa fe se debe manifestar en el cuidado, en el aprecio a la tradición, a lo que siempre entregó a la Iglesia, a lo que siempre y en todos lugares entregó la Iglesia católica, a lo que siempre enseñó el magisterio de la Iglesia, al estudio del catecismo, particularmente el Catecismo de Trento. De hecho, el Catecismo de San Pío X es un resumen del Catecismo de Trento. La Sagrada Escritura y santo Tomás. Gracias a Dios, los sacerdotes que ustedes tienen en sus sermones, en sus conferencias, siempre siguen a santo Tomás. Él es realmente el maestro que a nosotros nos ha comunicado la Fraternidad San Pío X. Nuestros profesores nos han enseñado eso y eso es lo que enseñamos a los fieles.

Monseñor Lefebvre también va a hablar de la importancia de la romanidad, del amor que los miembros de la Tercera Orden deben tener a Roma y a las autoridades de Roma. Y uno entiende al leer estos estatutos cómo monseñor Lefebvre tenía un aprecio tan grande al Papa y a todas las autoridades romanas. Él mismo dice: «Debe haber un espíritu de adhesión a la Iglesia Romana, a los papas, a los obispos, espíritu de obediencia a las autoridades de la Iglesia en la medida de su fidelidad al propósito primordial de su cargo, que no es otro que el de la defensa de la fe católica de siempre y el reinado de Nuestro Señor». Respetar esas autoridades y obedecerlas en la medida en que ellas obedezcan la fe católica y busquen el reinado de Nuestro Señor.

Y monseñor va a decir también que los miembros de la Tercera Orden deben tener una devoción tierna y filial a la Madre de Dios, según el Espíritu de san Luis María Grignion de Montfort, a san José y a san Pío X. Y finalmente redescubrir la importancia capital del santo sacrificio de la Misa para encontrar en él el sentido y la fuente de la vida cristiana, de una vida de sacrificio y monseñor Lefebvre dice y una vida de corredención.

Cuando vemos hace no tanto tiempo, hace pocos meses, que en Roma se publicó un documento en el que se niega la misma corredención de la Virgen María, vemos realmente cómo ha sido tan providencial este espíritu que ha querido dejar monseñor Lefebvre en la Tercera Orden de la Fraternidad; cómo responde realmente a la crisis tan profunda, tan grave de fe y de costumbres que está viviendo este mundo moderno.

No todos tienen que pertenecer a la Tercera Orden. No todos los fieles están llamados realmente a ser parte de la Tercera Orden. Los sacerdotes deben juzgar si realmente están dados los elementos para que una persona forme parte de ella. Dios tiene sus caminos para cada alma. Pero sí todos debemos aspirar, anhelar, llevar una vida más santa, más perfecta, no conformarnos con nuestra tibieza, con nuestra miseria, siempre reprocharnos, no llevar una vida de mayor fidelidad a Nuestro Señor.

Para los fieles tal vez que son más nuevos, eso es un… como un consejo más concreto, es primero, deben imbuirse durante algunos años de el mismo espíritu de la vida cristiana, conocer mejor de a poco la Fraternidad. Por eso a veces se nos hace esperar un poco más a aquellos que quieren entrar en la Tercera Orden, pero todos, repito, debemos tener ese anhelo, un deseo sincero de una vida más fiel a Nuestro Señor, una vida más santa, porque a eso realmente nos llama Nuestro Señor.

Pidámosle esa gracia a la Santísima Virgen María, a todos los santos, el día de hoy, para que por medio de esa disposición la Providencia les permita, ¿por qué no?, a muchos de ustedes formar parte de esta familia de la Tercera Orden de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X? Ave María purísima.

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

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