Transcripción completa
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Queridos padres, queridos fieles, hoy celebramos la hermosa fiesta de Cristo Rey. El papa Pío XI pidió que esta fiesta justamente se celebrara el último domingo del mes de octubre, antes que termine el año litúrgico. Estamos acercándonos a la parte final del año litúrgico para mostrar por medio de esta fiesta que nuestro Señor debe reinar en este mundo. Nuestro Señor para eso ha venido, para reinar en esta tierra sobre las almas, sobre los individuos y sobre la sociedad. El año litúrgico representa la vida de la humanidad en esta tierra y nuestro Señor debe reinar aquí en la tierra.
Por eso es principalmente esta fiesta de Cristo Rey, la fiesta de la fe católica. Nosotros confesamos, creemos como católicos, realmente creemos que nuestro Señor es rey y que él debe reinar en esta tierra.
Nuestro Señor dijo, como ustedes acaban de escuchar en el Evangelio, «Tú lo dices, yo soy rey. Yo para esto vine al mundo, para dar testimonio de la verdad. Todo aquel que pertenece a la verdad escucha mi voz».
Nuestro Señor enseñó la verdad y no solo enseñó la verdad, sino que dio testimonio de ella, muriendo, derramando su propia sangre en la cruz por nosotros. Ese es el testimonio que nuestro Señor dio de su verdad. Él, que es Dios y hombre, derramó su sangre en testimonio de lo que había enseñado para darnos a nosotros las fuerzas para seguirlo, para amarlo al ver su buen ejemplo.
Por eso nosotros, como dice san Pablo, creemos en la caridad de nuestro Señor, que ha vencido al pecado de una vez para siempre y creemos en todas las enseñanzas que nuestro Señor nos dio.
Pero en segundo lugar, si creemos, si es la fiesta de la fe católica, la fiesta de Cristo Rey, en segundo lugar es la fiesta de la caridad, la fiesta de la santidad. Porque si creemos realmente en nuestros corazones que nuestro Señor es rey, también creemos que puede y debe reinar en nuestras almas, en nuestros corazones, por la vida de la gracia.
Cada vez que asistimos a Misa, cada vez que rezamos nuestro rosario, cada vez que buscamos las fuentes de la gracia de Dios, los sacramentos, confesamos nosotros, cada uno de nosotros, que nuestro Señor es rey, que él es el dueño, el jefe, el rey justamente de nuestras almas, de nuestros corazones.
Cuando nos confesamos es porque creemos realmente que la gracia de nuestro Señor Jesucristo todo lo puede, que puede renovar nuestras almas tan miserables que han caído en el pecado y darnos la gracia para poder llevar en este mundo una vida realmente cristiana en la medida en que Cristo reine en nuestros corazones por la gracia.
Si la Providencia divina ha querido suscitar nuevos obispos hace poco, recientemente, para la Fraternidad San Pío X es pura y simplemente para esto, para que ustedes, queridos fieles, puedan seguir recibiendo la gracia en sus almas y de este modo confesar con la propia vida que nuestro Señor reina en sus almas.
Pero, en tercer lugar —y es lo que quisiera subrayar en esta fiesta de Cristo Rey—, lo más importante es la consecuencia de la fe católica y de la gracia, del poder de la gracia de nuestro Señor.
Lo que es consecuencia de estos aspectos anteriores es que nuestro Señor para poder reinar por la fe católica, por la verdad y para poder reinar en los corazones de cada uno de nosotros, debe reinar en la sociedad, debe reinar en las naciones, los jefes temporales, los presidentes de cada país, deberían, pues, poner a nuestro Señor Jesucristo como fundamento de todo su gobierno.
El gran pecado moderno y, podemos decir, el gran escándalo del católico moderno, del católico liberal —y fue, lamentablemente, el escándalo del Concilio Vaticano II— consistió justamente en pretender mostrar que nuestro Señor no puede ser rey en la sociedad.
Supuestamente, según el Concilio Vaticano II, nuestro Señor sí debe reinar en las almas, puesto que nos tenemos que salvar, tenemos que ir al cielo, pero no podemos pretender, ya el siglo XX, en estos tiempos, que nuestro Señor reine en las sociedades, porque ellas han ido tomando principios modernos de la vida, los principios de la revolución.
Pretender que nuestro Señor reine en estos tiempos es una utopía, dicen ellos, dice el católico liberal, algo que no puede realizarse en concreto, puesto que los tiempos han cambiado.
Decir esto, queridos fieles, o creer esto es en sí mismo una herejía: creer que nuestro Señor, aunque puede reinar en nuestros corazones, es imposible que reine en la sociedad, es imposible que hoy día sea el fundamento, el principio de todas las sociedades. No creer que esto sea posible es realmente una herejía.
Si nosotros creemos en la fe revelada por nuestro Señor y transmitida por la Iglesia a través de los siglos y si vivimos en la gracia de nuestro Señor día a día, es porque también creemos realmente que la fe católica y la vida de la gracia pueden y deben transmitirse a todas las personas, a todos los hombres de esta tierra y por tanto a todas las sociedades.
Es por eso que ustedes hacen todos los esfuerzos por transmitirles a sus familias, a sus hijos, esta fe, porque de esta fe que ellos reciben y de estas enseñanzas y educación dependerá el bien que estos mismos niños puedan hacer el día de mañana en la sociedad que los rodee.
Y por eso en particular en esta fiesta, queridos fieles de este priorato, priorato que lleva por la providencia, porque así lo ha querido la providencia, el nombre justamente de Cristo Rey, quisiera insistirles en un aspecto particular que atañe al bien común de este priorato y que tiene una relación estrechísima con el reinado de nuestro Señor y es la necesidad de una escuela cristiana, de que nosotros en nuestro priorato lleguemos a tener una escuela católica, una escuela bien constituida.
¿Escucharon ustedes, si prestaron atención al sermón de monseñor de Galarreta, cómo él de cierta manera nos presionó? Nos dijo, porque así se debe hacer, que debemos mirar hacia delante. Y en particular habló —y creo que fue providencial— de la necesidad de una escuela en este priorato.
La escuela católica es la extensión de la vida de familia católica en la sociedad. En una escuela católica, los niños pueden respirar el aire puro de la fe, de las buenas costumbres y comprender en su misma vida y en la escuela la armonía que hay entre la gracia de Dios y entre los principios de la naturaleza, que se van formando y van creciendo bajo el impulso de la vida de la gracia.
En una escuela católica, en fin, se comienza a formar una pequeña cristiandad en la que hay una gran unión entre los sacerdotes y los padres de familia y entre los sacerdotes y los niños, los hijos de ustedes, de esas familias, para buscar entre todos la santificación y la salvación de esos niños para llevarlos a Dios.
Y existe, puede existir, queridos fieles, un riesgo de parte nuestra, parecido al del católico moderno, parecido al del Concilio Vaticano II, que consiste en mirar una escuela, una escuela tal vez tan pequeña como la que hemos empezado nosotros hace poco, el 19 de marzo. Actualmente hay cinco niños y todavía no tenemos un lugar propio. Hemos empezado aquí en el Priorato.
Tal vez se puede mirar esto con una mirada puramente humana, con una mirada con falta de una fe firme.
Tal vez en algunos de ustedes puede haber un susto, un susto comprensible humanamente, ¿sí?, de ver una escuelita incipiente y el temor de no poder darles a sus hijos, tal vez aquí en Chile el día de mañana una salida más profesional, un estatus económico, social, tal como lo exige este mundo moderno o esta sociedad moderna. Tal vez exista en algunos de ustedes el temor de la dificultad económica que una institución de esta envergadura requiere. En verdad se requieren muchos medios económicos para poder pues hacer crecer y para poder mantener una escuela.
Pero todos estos temores son temores humanos que no están justamente al nivel de las enseñanzas de nuestro Señor mismo. Él es el rey y como tal puede dar a sus súbditos, nos puede dar a nosotros hoy día todos los medios necesarios para extender su reinado cuando él quiera y como él quiera: todos los medios espirituales y materiales, porque él, nuestro Señor Jesucristo, es la misma divina Providencia.
Cuando nuestro Señor Jesucristo, y esto que les sirva de ejemplo, comenzó a formar su reino, que es su iglesia, cuando comenzó a formar la Iglesia Católica en esta tierra, no eligió a los mejores profesionales o a las mejores personas desde una mirada de un nivel puramente económico, ni a los hombres tal vez más sabios, más doctos, sino a simples pescadores, humildes, sencillos, pero con corazones llenos de fe, dispuestos a dejarse moldear, a dejarse llenar completamente por la gracia y la fuerza de Dios.
Monseñor Lefebvre, siendo arzobispo de Dakar, dirigió unas palabras en un momento a unos fieles que podemos aplicar justamente a esta conveniencia —necesidad ya, por los tiempos tan difíciles que estamos viviendo— de tener una escuela católica.
Él les decía: «Sean cristianos en todas partes. Perseveren, estudien qué es la política, el marxismo y el laicismo. Hagan reuniones con los chicos y chicas para hablar sobre las costumbres del matrimonio y con los hogares para hablar de la familia».
Podemos animarnos a extender las palabras de Monseñor respetando su intención. Podríamos decir: «Lleven a sus niños a las escuelas católicas, a las escuelas íntegramente católicas. Ayuden a formar escuelas católicas con sus niños para llevarlos a Dios».
Queridos fieles, necesitamos y pedimos el compromiso de todos ustedes, tanto de los que tienen niños en edad para ir a la escuela, como de cada uno de ustedes para poder seguir avanzando en el reinado de Cristo en nuestro priorato, pudiendo armar una escuela verdadera e íntegramente católica.
Santa Juana de Arco decía: «Los hombres lucharán y Dios dará la victoria». Luchen cada uno de ustedes con sus oraciones personales, con sus sacrificios y, por supuesto, también con su ayuda, con toda la ayuda, tanto espiritual como material que puedan dar a esta obra, luchen por una educación verdaderamente católica de sus hijos. Sus hijos hoy día no solamente para irse al cielo, no solamente para salvarse, sino para evitar los grandes errores, los graves errores y las tan terribles costumbres que están enseñando los colegios de hoy. Necesitan urgentemente una escuela católica, una escuela que esté imbuida de la vida de la gracia.
La divina Providencia se encargará de darnos los medios materiales y sobrenaturales si tenemos esta fe, si realmente creemos que Dios nos puede ayudar y que podemos nosotros ser instrumentos de este reinado de nuestro Señor en esta pequeña sociedad que es el Priorato Cristo Rey. Debemos confiar especialmente en la intercesión de la Santísima Virgen María. Ella prometió que su inmaculado corazón triunfaría.
Y es curioso e interesante verlo, que para esto pidió a los hombres tanto actos de devoción particular, como fue, por ejemplo, el rezo diario del Santo Rosario, como actos de carácter social.
La Virgen María prometió que su corazón inmaculado iba a reinar, haciendo depender ese reinado también de actos sociales, como uno de ellos la consagración de Rusia por parte del Papa y de los obispos a su Inmaculado Corazón. Pidamos a ella entonces la gracia de tener una fe firme en el reinado de su hijo en este mundo y en este priorato y de hacer todo lo que él nos pida para que venga a nosotros su reino. Ave María purísima.
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
